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La Tierra, ¡en peligro!

 

Érase una vez un día en que, la noche y el amanecer, se cansaron de hacer siempre lo mismo.

 

El día, ser... día tras día, y... la noche, ser... noche tras noche.

 

Entonces, tanto el sol como la luna, aparecieron por primera vez al mismo tiempo.

 

Así pasaron horas. Y luego semanas, hasta que, los días se acumularon y pocos en el planeta recordaba cuáles eran las funciones de estos dos astros en el firmamento.

 

Esto, sin embargo, era muy peligroso, pues, los habitantes de otros planetas podían observar siempre lo que ocurría en la tierra.

 

Muchos animales y los seres humanos discutían entre sí cómo podría resolverse la situación, y, en tanto eso ocurría, no advirtieron que algunos seres no conocidos, estaban apareciendo en el cielo.

 

¡Ah, pero...! ¡No todos los animales estaban discutiendo!

 

Los gatos, siendo los seres más inteligentes de la tierra, habían determinado no perder el tiempo en intentar resolver cómo podrían hacer que el Sol y la Luna volvieran a funcionar de nuevo para lo que habían sido creados. 

 

Con sus grandes ojos y agudeza visual, habían descubierto que era más importante evitar que esos seres voladores debían ser detenidos antes que llegaran a tocar la tierra.

 

Eran pues una amenaza para la vida del planeta. Y los gatos lo sabían.

 

De esta forma, los mininos estuvieron cazando en todos los países aquellas extrañas formas de vida y, en vez de aniquilarlas, las reunieron en un solo lugar para luego llevarlos encerrados en frondosos árboles.

 

Aquello seres se rindieron. Todos por igual. Y entonces, ofrecieron disculpas a todos los seres vivos ante los cuales los gatos llevaron cuando aún seguían discutiendo la cuestión de Sol y Luna.

 

Asombrados, todos los seres vivos de la tierra dieron las gracias a los mininos y,  aceptaron – sin poder ocultar su desconcierto -, las disculpas de aquellos seres encerrados en los árboles.

 

Estaba pues, resuelto un problema grave. Pero continuaba uno mucho peor: Sol y Luna seguían fijos en el firmamento.

Los gatos entonces decidieron tomar la batuta.

 

Uno de ellos habló fuerte y claro a los astros:

 

- ¡Han olvidado que cada uno de ustedes tienen una misión! ¡Proveernos de vida diaria y vida nocturna!

 

Por esa razón, el planeta estuvo a punto de perder la vida.

 

Miren ustedes estos árboles llenos de seres que no perteneces a nuestra tierra.

 

Por favor... ¡Sol... Luna! – suplicaron con firmeza pero sin enojarse los felinos a los astros – ¡Vuelvan a darnos días y noches, para que no vuelva a ocurrir que el planeta sea vulnerable ante seres invasores del espacio – puntualizaron los pequeños gatos.

 

Al escuchar esto, Sol y Luna se avergonzaron tanto, que, pidieron disculpas a todos los seres de la tierra que habían sido puestos en peligro, y, entonces el astro rey del firmamento, el que nos da calor, pidió cortésmente al satélite que orbita la tierra, a que se fuera a descansar, mientras él se ponía a trabajar.

 

Luna se retiró, pero antes de irse por completo, preguntó:

 

- ¿Qué se hará con los seres que querían invadir el planeta? ¡Yo puedo llevármelos – sugirió - para el espacio y de ahí ellos partirán hacia su planeta!

 

Los seres encerrados en los árboles aceptaron, y los seres vivos de la tierra agradecieron el gesto.

 

Entonces, Luna bajó muy cerca de la tierra para llevárselos.

 

No fue difícil. La atracción de su gravedad los arrastró hacia arriba, como una aspiradora, hacia el cielo.

 

Mientras esto ocurría, hombres y mujeres, animales y felinos, se aferraron con todas sus fuerzas para no ser atraídos por Luna y ser llevados al espacio.

 

Concluido el asunto, Luna se alejó, pero... los frondosos árboles aquellos donde habían sido guardados los extraños seres de otro planeta, quedaron como... ¡flechas apuntando hacia el cielo!

 

Sus hojas, que antes eran anchas y gorditas, habían quedado delgadas como agujas.

 

Desde entonces, a esos árboles se les tuvo que cambiar de nombre, y a partir de esa fecha, son conocidos como pinos.

 

Es por eso, que los pinos de hojas de aguja son tan preciados. Raros, sí, pero muy lindos árboles.

 

Por eso, hay que cuidarlos mucho.

 

Son muy valientes, y por lo mismo, muy valiosos para la vida de nuestro planeta.

 

A los gatos, por supuesto, se les condecoró por su valentía. Les hicieron muchas fiestas, y desde entonces, todos los seres vivos del planeta les tienen un gran respeto, y aprecio por su sabiduría y valor.

 

Saben que la vida, la de cualquier ser es valiosa, y la cuidarán, no obstante ellos arriesguen la suya.

 

Cuídalos, protégelos. Ellos harán lo mismo por ti.

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 Joel Nava Polina
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