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$ 165.00 pesos

Por: Joel Nava Polina
DR 2006 México DF

 

Una historia que bien recuerdo (me contó mi bisabuelo), es aquella que narra sobre cómo  los campos, a pesar de estar iluminados por el sol durante el día, o bien, por las noches con los rayos lunares, sólo podía apreciarse la gris penumbra impenetrable.

 

Hoy, los campos que conocemos, pueden ser de varios colores. Por ejemplo, verdes, dorados, marrones o rojizos (hay de más colores, claro, pero no los he visto todos).

 

De pende de sus cultivos, o su vegetación preponderante, será el color que los pinte.

 

Eso, repito, es como hoy los vemos; pero, antes, durante una época de la historia del planeta que pocos recuerdan, sólo predominaba un color: el gris oscuro. Y claro, ¡no se veía vegetación de ningún tipo!

 

¿Que había entonces?

 

Algo muy peculiar: las copas de los árboles.

 

La gente y animales que vivían en esa etapa de la vida de la Tierra, sólo podían – y se estaban acostumbrados a ello – a ver sólo eso.

 

Para ellos, era un misterio algo tan simple lo que para nosotros es: ¡el piso!

 

Nunca nadie averiguó que había más allá de la penumbra gris que flotaba sobre sus rodillas.

 

Esto era algo muy peligroso; pues, ¡imagínate a ti!, caminando, sin lograr ver si hay algo que pueda impedirte el paso.

 

Es como andar sobre las aguas de un río turbio. No ves el fondo, mucho menos un hueco o una piedra, una rama o un pez.

 

Luego entonces, los pies de las personas, ni las patitas de los animales podían ser vistas por ellos mismos.

 

Sabían que las tenían, claro, porque, esporádicamente, de cuando en cuando, unos u otros, levantaban sus piernas y... entonces, ¡recordaban que los tenían!

 

Como bien lo deduces, siempre hubo accidentes. Todo el mundo se la pasaba trastabillando, o  tropezándose.

 

Por un tiempo así ocurrió. Pero cansados de vivir así, animales y hombres determinaron que no andarían más sobre sus pies, por el temor de tropezar y lastimase.

 

La idea fue aplaudida por todos, menos por los médicos que atendían a infinidad de personas y animalitos lastimados. Aunque, como ellos también eran humanos, se dieron cuenta que les afectaba chocar y pisar con objetos que les lastimaban.

 

¡Qué ocurrió entonces?

 

Los animales y los humanos decidieron no moverse de sus sitios.

 

O sea, no se movían.

 

Al principio, esto fue un completo alivio. No más golpes, heridas, ¡ayes de dolor! Ni llanto.

 

Por unas horas, la gente y los animales se quedaron quietos en lugares donde se sabìan a salvo de pisar objetos cortantes y obstáculos que no podían ver.

 

Hubo calma en todo el planeta. Por unas horas, claro; y luego de eso, de un silencio total, en el cual sólo se escuchaba el aire soplar, las aguas de los ríos correr y las olas del mar chocando contra las rocas, se escuchó el llanto de un pequeño niño.

 

Había tanto silencio que, incluso, se pudo escuchar en toda la tierra. No era un llanto fuerte, era más bien, muy quedo, bajito en su sonido.

 

Luego entonces, la vos de una mujer se le escuchó decir: “... ¡dónde estas hijo mío, no puedo verte...!”.

 

Luego entonces, el pequeño se irguió sobre sus piernas y... ¡fue localizado por la madre!

 

El pequeño se había sentado y la bruma gris lo había cubierto.

 

Había ocurrido que, el pequeño niño de cabellos de color rojos, se había cansado de estar parado. Había decidido sentarse, y,  por ser tan pequeño, la bruma gris lo cubrió.

 

La madre rió, y se alivió mucho al ver que su hijo estaba a solo unos cuantos pasos de ella.

 

“Estoy cómoda si no me muevo. No me golpeo pies y piernas, pero, ¡no es una buena idea!” , pensó para sí misma la mujer.

 

Eso, es lo que al meno creía, pues, al terminar el llanto del niño, el silencio en la tierra inundó a tal grado la atmósfera, que hasta los pensamientos podían escucharse.

 

Todos, tanto humanos como animales habían “escuchado” sus pensamientos.

 

- Estoy de acuerdo contigo - dijo en voz alta un anciano de barbas largas pero de cara aniñada.

 

A esa expresión, se sumaron voces infinitas. Y en todo el planeta se escuchó: “¡estamos de acuerdo!”.

 

¡Algo había que hacerse!

 

Entonces... uno de los animalitos del reino, pensó en ayudar a resolver el problema.

 

Ese, mis estimados, era nada menos que una mamá gato.

 

Era conocida como Garro, y a sus hijos, les llamaban Garritos.

 

Los felinos vivían en la copara de los árboles. Luego entonces, era fácil vivir para ellos, pues nunca bajaban a la bruma gris.

 

Ellos, como otros tantos gatos en todo el planeta, vivían cómodos, al igual que ardillas, aves, algunos insectos, y claro, algunos simios.

 

- Yo puedo ayudar - dijo entonces Garro.- No lo saben, pero en las noches tengo muy buena visión, y en lugares oscuros puedo ver sin necesidad de que haya tanta luz.

 

Los vítores se escucharon por todas partes, pero... nadie atinaba a descubrir que querìa decir eso de poder ver con poca luz.

 

Entonces, la madre del niño de cabellos del color del fuego preguntó a Garro: ¡cómo puede ayudarnos tu vista a corregir este gran problema que tenemos en la tierra?

 

- Es muy fácil – respondió mientras daba un gran bostezo.

 

Mi estatura es baja. Puedo adentrarme en esa bruma gris, y averiguar que la sostiene. Por qué flota, y no se va a otro lado.

 

Dicho lo anterior, Garro dejó a la madre humana al cuidado de sus garritos, y tras despedirse de los sus 7 gatitos con ronroneos y lengüetazos, dio un salto desde su rama hacia la bruma.

 

Siete pares de ojos se abrieron al mismo tiempo, llenos de sorpresa y a punto de ser arrasados por las lágrimas.

 

Se escuchó entonces un quedo pero triste “miau” de despedida, y los garritos se estremecieron de miedo y tristeza en los brazos de la mujer, la cual, por cierto, se había acercado cautelosamente al árbol de donde había saltado la valiente gatita de pelo largo y color chocolate para llevarse a los pequeños felinos consigo y si pequeño hijo.

 

¿Qué había motivado a Garro aventurarse en un sitio desconocido por ella, y dejar la seguridad de sus hijos con una humana?

 

La respuesta era fácil de encontrar. Garro era madre, como la mujer que, asustada buscó a su hijo perdido en la bruma, y sabía en su alma felina que una persona así, cuidaría a sus 7 pequeños garrtitos.

 

Además, Garro era la esperanza. De toda la Tierra, ella había hecho acopio de valor, y su alma felina, bondadosa, la había impulsado a hacer un bien para todos.

 

Era además, la primera vez que un gato había hecho contacto con los humanos. Nunca antes, había ocurrido algo parecido; pero desde ese momento, la historia escribiría en letras de oro este gesto de solidaridad, de parte de los gatos hacia los humanos, y los humanos, para con los felinos.

 

Indómitos al fin y al cabo, los gatos seguirán siéndolo, pero siempre estarán cercanos a la gente, por motivos de agradecimiento mutuo; desde entonces, los lazos de amistad se han reforzado.

 

Pero, ¡qué estaba ocurriendo con la aventura de Garro!

 

La pequeña de grandes ojos azules y cara oscura, había tocado el piso con sus patitas delanteras, pero mantenía sus ojos cerrados.

 

No sabía a lo que se enfrentaría, y por ello, como un acto reflejo, había aterrizado con sus párpados cerrados.

 

No obstante, todos sus demás sentidos estaban funcionando. Sus orejitas, como radares, intentaban capturar todos los sonidos que llegaran hasta ella. Y los minúsculos, pero muy cuantiosos pelitos de sus patitas, captaban cualquier cambio de temperatura, vibración o acercamiento de objetos.

 

Su nariz triangular y sus largos y finos bigotes olían y detectaban cualquier cambio de olor y brisa cambiante, pero... no encontraban nada.

 

Todo era silencio.

 

Eso, ya era para alarmarse, y entonces, Garro abrió sus ojos, y entonces vio algo que no ocurría estando encaramada, a salvo, en la rama de su árbol.

 

De sus ojos se proyectaban haces de luz color azul, de la misma tonalidad que sus ojos.

 

Eran pues sus ojos, como unos faros que proyectaban luz.

 

Garro entonces se dio cuenta que, en efecto, tenía una ayuda adicional en esa penumbra. Sus ojos, acostumbrados a percibir la más mínima luminiscencia en la oscuridad, ahora eran fuentes de esa luz.

 

La gatita entonces pudo percibir en la gris bruma otro color. Era el marrón, o color café. Luego entonces, tocó con sus patitas esa textura que estaba por debajo de sus deditos.

 

Lo que descubrió, no era sino tierra. ¡Tierra! Así de simple. Árida: Resquebrajada. No había otra cosa.

 

Eso, era el piso. Plano, y con infinidad de objetos como piedras y ramas. Algunas hojas de árbol, y de vez en vez, artículos que los humanos habían tirado, o accidentalmente habían caído accidentalmente, y nunca recuperados.

 

Claro, si no podían ver dónde habían caído, mucho menos sabrían cómo localizarlos.

 

No obstante, Garro, se dio cuenta que entre todos esos objetos, había pequeñas, medianas y algunas grandes objetos de muchas formas regulares, y otras, no tanto.

 

“¡Que serán?” – pensó para sí misma la gatita.

 

- Eso, querida, no es “eso” , mas bien “somos”, respondió una vocecita.

 

De la impresión, Garro dio un saltó que la lanzó disparada sobre la superficie de la bruma.

 

Humanos y animales habían visto aquello, y soltado al mismo tiempo un largo “¿eeeeeahhh?” de sorpresa.

 

Pero cuando Garro fue acercándose al caer de vuelta a la bruma, el “¿eeeeeahhh?” se transformó en un ahogado grito de miedo.

 

Los garritos también habían visto aquello y se alarmaron mucho.

 

La mujer, que aún los sostenía entre sus brazos, los acercó más hacia su pecho, y los acarició a cada uno para tranquilizarlos.

 

Garro, por su lado, había ya aterrizado en la tierra. Cayó de nueva cuenta justo donde estaban esas formas raras que no eran piedras.

 

-  Perdón, amiga... no quería asustarte – dijo la voz, un poco más queda que la anterior ocasión.

 

Garro puso a funcionar todos sus sistemas de alerta, y sus orejitas apuntaron hacia un pequeño objeto alargado que estaba en el piso.

 

-¿Qué eres? – pidió amablemente una respuesta.

 

- Soy, una semilla – dijo puntualmente aquel objeto de color marrón -. Soy una semilla de flor, y todas ellas – y apuntó hacia varias direcciones la semillita ovalada -, son también semillas.

 

Garro no sabía que era una flor.

 

Conocía a los humanos, los árboles y otros animales. Las montañas, pero nunca había visto qué era “flor”.

 

- Somos la luz de la tierra; pero no podemos darle luz, si nos impiden que crezcamos.

 

- ¿Quién se los impide?

 

- Esta bruma gris.

 

Necesitamos sol y humedad, agua, para crecer, y aquí, encerradas, no tenemos nada de eso.

 

Algunas veces, cuando humanos o animales han derramado accidentalmente al piso algo de agua, afortunadamente ha caído sobre semillas de árboles que no requieren de mucha luz, y entonces pueden crecer. Tardan, pero crecen. Y cuando atraviesan la bruma, algo ocurre, y no volvemos a verlos. Sólo queda esto – señaló la semilla el tronco del árbol donde Garro vivía.

 

¡Ah, que descubrimiento había hecho el pequeño felino!

 

- ¡Podemos ayudarte a ti y  las demás semillas a crecer! - grito de felicidad Garro.

 

De donde vengo, de “arriba” hay gente que puede ayudarnos, animales que podrían regar agua para que todas ustedes crezcan para ayudarnos a iluminar el piso.

 

- ¡De veras harías eso por nosotras? – gritó entusiasmada la semillita.

 

- Ahora verás – respondió la gatita, y acoto seguido, dio un salto que la hizo desaparecer de la vista de la semilla.

 

Sobre la superficie de la bruma, y ya encaramada en la fuerte rama de su árbol, Garro entonces contó a todo el mundo su descubrimiento.

 

Sin tardanza, los humanos que más cerca estaban de los ríos comenzaron a arrojar agua sobre la bruma gris, y el milagro se hizo.

 

De la bruma surgieron algunos tallos de color café que en sus extremos cargaban capullos.

 

Animales y humanos estaban sorprendidos. Pero más se asombraron cuando, de pronto, un capullo comenzó a abrirse.

 

De éste, surgieron pétalos, y al terminar de abrir, la tierra vio por vez primera una flor de girasol.

 

La flor abrió sus ojos y saludó a Garro, y luego al sol. Dio las gracias por la ayuda, y entonces lanzó un pequeño rayo de luz hacia el piso.

 

La luz dio entonces alumbró la bruma, y ésta, comenzó a desvanecerse. En su lugar, apareció la tierra, que fue tocada por los rayos del sol, y entonces, aparecieron infinidad de semillas sobre el piso.

 

Los humanos y animales, se dieron a al tarea de rociarlas con agua, y el milagro de l crecimiento de las flores, no sólo de las de girasol, volvió a repetirse en todos los rincones del planeta.

 

Así, poco a poco el mundo cambió.

 

Garro fue felicitada por su valiosa contribución a la vida del planeta, y la seguridad de todos sus habitantes.

 

Sabían ya donde pisar, y los accidentes por tropezones disminuyeron.

 

No obstante, algo más importante había ocurrido: al planeta se le unió una nueva forma de vida. Las plantas y los árboles.

 

Ellas, a su vez, como agradecimiento, proveen desde entonces de oxígeno a todos los seres del planeta.

 

Esa, es la historia que yo recuerdo, y que bien recuerdo, me contó mi bisabuelo.

 

EL primer girasol que tuvo vida en la Tierra.

 

Aquella que narra sobre cómo  los campos, a pesar de estar iluminados por el sol durante el día, o bien, por las noches con los rayos lunares, sólo podía apreciarse la gris penumbra impenetrable.

 

Hoy, las cosas han cambiado. Hay plantas, árboles, vegetación que proviene de semillas, pero... no son suficientes como para dar oxígeno a todos los habitantes de esta tierra.

 

Tenemos que sembrar más semillas, para que haya más árboles y la vida en este planeta, no vuelva a ser gris.

 

Recuérdala y comparte esta historia siempre que puedas. A tu familia, hijos, amigos.

 

 

FIN

La Idea, textos y concepto de este espacio, pertenecen a
 Joel Nava Polina
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